sábado, 18 de julio de 2020

Ella lo amaba...

Lo amaba por su intensidad, que se desbordaba por sus pupilas cuando la miraba, tanto como cuando su voz llenaba el espacio tocando en lo más profundo a quienes lo escuchaban.
Lo amaba por su valor para saltar con ella al vacío abrazado a su cintura,  por su tenacidad para  luchar cada día por cosas que otros consideraban imposibles mientras él decía que ¨alguien tenía que intentarlo ¨.
Lo amaba por su sonrisa chuequita,  que lo llenaba todo al aparecer,  por sus dientes brillantes como su mente;  y por su risa de niño, divertida, honesta, pícara y contagiosa.
Lo amaba locamente por su transparencia que gritaba ¡estoy mal!  aún cuando intentara poner cara de ¨aquí no pasa nada ¨.
Lo amaba por su humildad en los momentos de confusión, por su honestidad para reconocerse sobrepasado por las circunstancias, vulnerable, triste o enojado y por su entereza para detenerse, pedir un abrazo, pensar y después juntar el ánimo para seguirle con todo.
Ella lo amaba por su alegría de vivir, por su manera de escucharla cuando atropelladamente le hablaba de mil temas al mismo tiempo aunque a veces no entendiera nada.
Ella lo amaba porque era dulce y fuerte al mismo tiempo, porque podía brillar como el sol, acariciar como el viento e inundar su mente como una tormenta que estalla sin aviso.
Lo amaba por sus ansias eternas de servir, por su generosidad y  su compromiso inquebrantable de hacer del mundo un lugar mejor o por lo menos vivir intentándolo.
Ella lo amaba a un centímetro de distancia o separados por un continente,  lo amaba de mil y un maneras, con ternura y con pasión y con una mezcla afrodisiaca que desbordaba su corazón de admiración y deseo, lo amaba porque no había forma de no hacerlo y amaba saber que él también la amaba.


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